AMITYVILLE
"Matalos" -Repetía una voz insistente en su cabeza- "No merecen vivir"-. El joven Defeo escuchaba a su diabólico interlocutor con una mezcla de excitación y miedo. Y entonces...
Lo hizo. El odio que sentía era demasiado grande. Se dirigió hacía su dormitorio en la casa 112 de Ocean Avenue, en Amityville Nueva York. Cargó las balas en la escopeta de calibre 35. Sus padres y sus cuatro hermanos dormían plácidamente, ajenos al fantasma de la muerte que flotaba sobre sus cabezas. Con pasos lentos y pesados, se dirigió al dormitorio de sus padres. Abrió lentamente la puerta y contempló cómo dormían. El odio se apoderó de él. Con un rápido gesto, descargó ocho tiros en el cuerpo de su padre, quien nunca llegaría a ver el rostro de su asesino. Cuando encañonó a su madre, ésta ya se había despertado y miraba aterrorizada al mayor de sus hijos, en una muda súplica de clemencia. La escopeta sonó dos veces. Un instante después, ella había muerto. Durante unos segundos, Ronald Defeo, se recreó en la escena del crimen. La sangre de sus padres empezaba a empapar las blancas sábanas de la cama matrimonial. Su cruel misión acababa de empezar. A continuación, sus dos hermanos pequeños, Mark y Mathew, y sus dos hermanas, Allison y Dawn, fueron acribillados a balazos en sus camas. Después de los brutales asesinatos, el monstruo sangriento que rugía en el interior de Defeo se apaciguó. Con tranquilidad, se quitó la ropa ensangrentada y tomó una ducha caliente. Después, cogió todas las pruebas que podían incriminarlo y las envolvió en una funda de almohada. Salió de la casa y tiró el envoltorio en una alcantarilla de los suburbios de brooklyn. Eran las tres de la mañana de aquel fatídico 14 de noviembre de 1974. El número 112 de Ocean Avenue, en Amityville, Long Island, era el único testigo del horrendo crimen que Ronald Defeo había cometido.
El 15 de noviembre de 1974, horas después de los asesinatos, Ronald Defeo hizo gala de una apabullante sangre fría. Acudió a trabajar como todos los días e incluso dejó varios mensajes para su padre en el contestador de su casa. Llegada la hora de su vuelta a casa se hizo acompañar de un amigo suyo, quien fue el que llamó a la policía al descubrir los cuerpos. "Mis padres han sido asesinados" critaba el joven Defeo, aparentemente roto por el dolor. Pero su coartada se derrumbó horas después cuando la policía encontró bajo su cama dos cajas de cartón de balas de calibre 35. Tras un arduo interrogatorio, Defeo confesó que había asesinado a toda su familia. Sin embargo, no habló de ninguna voz diabólica que le hubiese instado a hacerlo. Durante su juicio, Ronald cambió su versión de los hechos en varias ocasiones, hasta que llegó a declarar que recibía órdenes de un espíritu maligno.
LOS 28 DIAS DE LA FAMILIA LUTZ
Los Lutz afirmaban que desde el primer día, en la casa, ya sucedió algo extraño. Llamaron al padre Pecoraro para que les bendijera su nueva morada, y, en una de las habitaciones, el padre escuchó una voz siniestra que le dijo "fuera de aquí". El padre se estremeció, pero continuó bendiciendo la casa, y cuando terminó, rechazó la propuesta que le había hecho Katty, de quedarse a comer en su casa, y salió lo más rápido posible de ahí.
Al acabar el día, Kathy y George acostaron a los niños y ellos se quedaron en la sala de estar. George alimentaba el fuego con leños porque notaba un frío glaciar en la casa, aunque el termostato estuviese a una temperatura superior a 20 °C. A las once de la noche, George y Kathy se fueron a dormir por primera vez en su nueva casa. George se despertó con un fuerte golpe en la puerta principal y se levantó de un salto. Abrió la puerta y no vio a nadie, pero escuchó a Harry, su perro, ladrando en el jardín y entonces se fijó en que la caseta de los botes estaba agitando sus dos puertezuelas. George se extrañó al recordar que las había cerrado, pero pensó que sería una mala jugada por el sueño. Cuando George volvió a su cama eran las tres y cuarto de la madrugada. Esa fue la primera noche que George se despertó a esa misma hora. Al día siguiente, George tenía un frío glaciar y estaba comprobando todas las puertas y ventanas de la casa para cerrarlas si alguna hubiera quedado abierta, cuando entró en el cuarto de costura. Al irrumpir en la habitación George se quedó perplejo. ¡Había cientos de moscas en la ventana, a pesar de que estuvieran en pleno invierno! George cogió un periódico enroscado y mató todas las moscas que pudo. A las demás las echó por la ventana. Esa misma noche, George se despertó sobresaltado por un fuerte ruido. A pesar de que había revisado todas las puertas y ventanas, la del cuarto de costura estaba abierta y la puerta se abría y cerraba continuamente haciendo un estrepitoso ruido. La pesada puerta de la entrada también estaba abierta, pero cuando George iba a cerrarla, descubrió que había sido “arrancada” de sus ejes, pero la cerradura sólo se veía forzada por dentro de la casa. Era extraño que sólo se hubiera despertado él, pues la puerta debía haber hecho un ruido estruendoso. Cerró la ventana del cuarto de costura, arregló la puerta de la entrada como pudo y volvió a la cama. Eran las tres y cuarto de la madrugada. Al día siguiente, George llamó a un cerrajero para que arreglase la puerta de la entrada.
Kathy subió al piso de arriba, mientras George estaba echando más leños al fuego. No conseguía quitarse el frío de encima. Kathy pasó a ver a sus hijos, cuando de pronto vio salir a su pequeña hija, Missy, del cuarto de costura. Le extrañó el comportamiento de su hija… ¿Qué andaría buscando ahí la chiquilla? La conducta de Missy hizo que Kathy se parase a observar a la niña, que no le había visto. Missy se dirigió a su habitación, que estaba al lado del cuarto de costura, canturreando. Cuando llegó, se sentó en su cama y la niña, mirando por la ventana dijo… “¿No es hermosa la nieve, Jodie?” Kathy le preguntó a su hija que con quién hablaba y ella le respondió que con Jodie, y que era un cerdito, amigo suyo, que sólo ella podía ver. Kathy mandó a la niña a dormir, y ella también se fue a acostar, junto con George y los niños. Como de costumbre, George se despertó a las tres y cuarto de la madrugada y miró por la ventana. Las puertas de la caseta de los botes estaban de nuevo abiertas, aunque él las había cerrado antes de irse a dormir. Bajó a cerrarlas, y cuando volvía, vio a su hija Missy en la ventana pero… ¡Detrás de ella había un cerdo realmente enorme! George entró en su casa y subió rápidamente las escaleras y entró en el cuarto de la niña realmente sorprendido. Su hija estaba durmiendo plácidamente y ahí no había ningún cerdo.
Durante su paso por la casa, Kathy tuvo varios incidentes por los que quedó psicológicamente marcada. Uno de aquéllos fueron los fenómenos de levitación. Durante tres noches no consecutivas, George se despertó y vio a su mujer flotando unos dos palmos por encima de la cama. El primer día, al flotar, su rostro había cambiado y parecía una mujer de ochenta años. Las arrugas habían marcado su rostro y su pelo estaba completamente blanco. Al despertar, Kathy fue corriendo al baño y al mirarse en el espejo se desesperó. Ella y su marido estaban horrorizados. Por suerte, las arrugas se fueron yendo y al día siguiente no quedaba rastro alguno del extraño suceso. Su piel volvía a ser tersa y su pelo dorado. El segundo día de levitación, Kathy quedó marcada por una especie de quemaduras que iban desde debajo de su pecho hasta el pubis. Dichas marcas eran de un color extremadamente rojo y al tocarlas ardían. Era como si hubiera fuego. Ni Kathy ni George quisieron llamar al médico por la situación extraña que había producido los daños en la joven.
Durante los últimos días de su estancia en la casa, empezó a salir una sustancia gelatinosa de color verde, sin ningún sitio de procedencia. Salía de las paredes, de las cerraduras de las puertas… Pero al otro lado de cada puerta no había absolutamente nada. Por mucho que George, Kathy o los niños limpiasen aquella asquerosa sustancia, volvía a salir de nuevo. El último día que vieron esa especie de gelatina, fue el último día que estuvieron en la casa, antes de huir. Las pruebas que realizaron los parapsicólogos después de que los Lutz abandonaran la casa, revelaron que aquello era citoplasma.
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